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[ Raúl , mi mano izquierda ]

El es Raúl. Estamos a algo más de 1500 millas de distancia. En dos países diferentes. Es mi mano izquierda. Se levanta todos los días - llueva, truene o relampaguee – a las 4:30 de la madrugada, cuando yo aún estoy en mi quinto sueño. Se lo agradezco. Es un hombre callado, serio, estoico, solo habla con las flores. Sonríen sus ojos, se afloja y relaja sus manos, las pocas veces que nos vemos de frente cuando con un batir de pestañas agradece los chocolates que llevo para sus hijos. Lo hago con gusto, con alegría, para darle esas ‘gracias’ que él nunca se deja dar. Envidio su sabiduría de hombre de campo y la forma en que mira el cielo y me dice, sin dudar, “su merced, mañana llueve porque llueve”. Y llueve. Y sale el sol, y hiela y se nubla. No ha ido a la universidad, pero yo creo en él y poco creo en el agrónomo, y cuando me siento apretada, y se cierran los círculos en frente a mi nariz, solo Raúl me dá una senda por donde camino con seguridad. El planta la semilla, cuida la flor y la ve crecer. Sé que tiembla cuando la tiene que cortar, pero así es la vida. Y cortamos la flor porque la tenemos que vender. Y además de eso tenemos algo más en común: él al pie de la montaña y yo al borde del mar, estoy segura que a la misma hora hablamos de lo mismo con la Luna.

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